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	<title>Revista Iguazu Artesanal de Literatura y Cultura &#187; Relato</title>
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	<description>Publicación IMPRESA gratuita y sin publicidad.              Universidad del País Vasco</description>
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		<title>Una tarde de julio</title>
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		<pubDate>Tue, 15 May 2007 19:17:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nuria rita</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relato]]></category>

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		<description><![CDATA[[ Ainara López ]

En ese momento me encontré contigo.
No alcanzo a recordar el nombre de la calle, la posición exacta de la mesa de aquella terraza en la que parecías esperarme. No puedo afirmar con seguridad si me fijé en ti o me elegiste. Pero puedo recordar como si fuera hoy que apagaste un cigarrillo mientras sostenías mi mirada, que cruzaste las piernas desafiándome y que el color de tu vestido era azul como tus ojos.
Contra las sombras de los edificios de la acera de enfrente el recorte de tu ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>[ Ainara López ]<br />
</strong></p>
<p>En ese momento me encontré contigo.<br />
No alcanzo a recordar el nombre de la calle, la posición exacta de la mesa de aquella terraza en la que parecías esperarme. No puedo afirmar con seguridad si me fijé en ti o me elegiste. Pero puedo recordar como si fuera hoy que apagaste un cigarrillo mientras sostenías mi mirada, que cruzaste las piernas desafiándome y que el color de tu vestido era azul como tus ojos.</p>
<p>Contra las sombras de los edificios de la acera de enfrente el recorte de tu silueta surgió como de un sueño. Hube de entornar los ojos para no perderme. No parecías real. No debías serlo. Me miraste como si lo hicieras por primera vez. Supe entonces que no me habías reconocido. Aún no estabas preparada. Pero yo sabía de nosotras, por eso alargué la mano y te invité a sentarte.</p>
<p><em>Continuar leyendo ::</em> <span id="more-50"></span></p>
<p>Tú no querías dominarme, me lo dijiste cuando, mirándome directamente a los ojos, me pediste un lugar donde pasar la noche. No querías volver a casa dijiste. Deja que me pierda contigo, recuerdo que también lo dijiste. Y yo te cogí la mano sin saber porqué y sin saber porqué te sonreí.</p>
<p>Cruzaste la carretera despacio. Segura. Eras poderosa por lo consciente de tu debilidad. Y aunque pasaría mucho tiempo antes de estar preparada para canalizar tu fuerza, yo intuí en aquel momento que acabarías abandonándome.</p>
<p>No esperaba nada de aquel encuentro. Bajaste la mirada y yo pedí algo de beber. Querías construir conmigo un universo de silencios para refugiarnos del ruido que nos rodeaba y yo te dije que podíamos intentarlo. Toda la conversación era una absoluta locura que no nos conduciría a ninguna parte; pero allí sentada, en la terraza de una calle cualquiera, un día en que no sabía cómo emplear la tarde, me pareció que perderla contigo era lo mejor que podía hacer con mi tiempo.</p>
<p>Te sentaste a mi lado. La distancia que debió separarnos no existía. Tú me dijiste que no tenías nada que ofrecerme, yo te contesté que había dejado de esperar. Y así en un cruce de la vida, nos encontramos.</p>
<p>Decidimos no hablar de nosotras, inventar nombres en los que reconocernos por primera vez, mentir si la ocasión lo requería, nacer de nuevo para un encuentro casual una tarde de julio.</p>
<p>Me pareció bien no saber quién eras. No tener dónde buscarte. No tener dónde acudir si en adelante te echaba de menos. Uno no puede confiar su suerte a un extraño. La vida cotidiana debe quedar al margen.</p>
<p>Sin promesas dijiste, evitando usar cualquier tiempo verbal que no fuera presente. Y a mí me pareció bien.</p>
<p>Beber nos ayudó a no tener vergüenza. Encadenábamos frases que nos conducían hacia una conversación en la que nos reconocimos como en un espejo. Poco a poco abandonamos tu frivolidad y mi recelo para encontrarnos en aquellas palabras que nos devolvían la certeza de que la casualidad no existe.</p>
<p>Me perdí con la vida que se te escapaba de las manos, con una sonrisa contagiosa cargada de lágrimas, con esa clase de felicidad fingida que me hacía sentirte cerca. Y me deje llevar porque anochecía, porque el tráfico ya no molestaba y en la terraza no quedaba una mesa libre. Me hundí en la profundidad de unos ojos que cambiaban de color a medida que avanzaba la noche. Esto debe de ser el paraíso, me dije. Todo lo que había salido a buscar aquella tarde en que no pude quedarme en casa se encontraba frente en mí, al otro lado de una mesa cualquiera en una calle sin nombre. Me mirabas como quien mira un cuadro, con la curiosidad de un niño y la necesidad de un náufrago.</p>
<p>Y yo empecé a imaginar lo que podía ser quererte. Tú jugabas con una servilleta, ausente.</p>
<p>Me sedujo tu particular modo de observarme. Hablabas sin parar y me mirabas. A veces lo hacías de reojo como esperando que yo hubiese desaparecido; otras, alzabas los ojos por encima de la copa y te encontrabas conmigo. Calladas, regresábamos sobre las razones que llevan a dos mujeres a citarse en un bar. Recuerdo que estabas morena, que llevabas el pelo recogido y una falda larga. Me preguntaba como sería despertar todas las mañanas a tu lado. Quise que me abrazaras enseguida, estaba nerviosa y lo sabías, jugaba con la servilleta intentando distraer tu atención.</p>
<p>Me gustas mucho te dije inesperadamente. La servilleta cayó al suelo y tú sonreíste. Lo esperabas supongo. Complacida llamaste al camarero pidiendo la cuenta. Tenía prisa por salir de allí. Quería dejar de refugiarme en las palabras. Había desaparecido el miedo. La mesa que nos separaba era demasiado grande, necesitaba salvar la distancia y recorrerte la piel despacio. Y tú habías decidido seguirme en esta especie de aventura a la que me habías invitado unas horas antes.</p>
<p>Estabas muy hermosa. Ser sincera te sentaba bien. Y quise saber más de ti. Derrumbarte. O derrumbarme. O que nos derrumbáramos juntas. Si conocer la verdadera naturaleza de alguien te da poder, entonces yo lo quería, no para destruirte sino para poseerte. Deseaba ver como caían los muros de tu artificio y esperarte al otro lado de tu particular campo de batalla. Sabía que todavía no confiabas en mí pero también sabía que lo estabas intentando.</p>
<p>Caminamos con la urgencia del que acaba de descubrir que se hace tarde. Las calles se vaciaban. El calor disminuía. En un momento dado me rozaste tímidamente los dedos. Te miré en silencio y me volviste la cara. Te daba vergüenza. No querías hablar de ello.</p>
<p>Me asusté. Porque esperaba tu rechazo y a ti no parecía importarte. Te hubiera mirado pero sabía que me esperabas con la seguridad del que asume un riesgo.</p>
<p>Entraste primero en el ascensor. Hasta ese momento no me había fijado en tu espalda. Estabas delgada. Bajo aquella piel que apenas había tocado el sol adivinaba trazos de una historia. Quería recorrerte la columna con el dedo índice hasta llegar a la nuca, besarte lentamente en los hombros, hacer que te abandonaras a un abrazo inesperado que te dejaría indefensa.</p>
<p>Me adelanté a tus deseos. Podía verte a través del espejo. Me apoyé en ti dejándome hacer y tú que parecías tenerlo todo bajo control sólo alcanzaste a abrazarme. Sentía tu respiración, con la mandíbula a la altura del cuello me rozabas la mejilla. No quise darme la vuelta. Aún no estaba preparada. Cuando cerraste los brazos en torno a mí supe que todo estaba por hacer. Habíamos abandonado las palabras en las que nos refugiábamos, un silencio terapéutico nos invitaba a la dejadez.</p>
<p>Encontré la repuesta en la sutileza de tus gestos. Eras una mujer exquisita, con esa clase de elegancia natural que resulta provocadora. La puerta de mi casa se cerró tras nosotras. Teníamos toda la noche por delante.</p>
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		<title>Una tarde raramente oscura</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Mar 2007 20:28:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nuria rita</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relato]]></category>

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		<description><![CDATA[[ Andrés González ]
“No, no me aburro. Pienso”. Ella, como una efigie sonriente en su mecedora de playa, se lo dijo así, de sopetón. Como si pasar las horas en el balcón, frente al mar pero sin hacer nada, no tuviera ningún secreto. Una revelación para un ansioso chico de 20 años, tan preocupado por hacer y sin tiempo para sacarle jugo al tiempo. Era una mujer con toda la vida, la suya y las de los demás, delante de sus ojos.
Sobre la mesa de playa tenía una pila de ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>[ Andrés González ]</strong></p>
<p>“No, no me aburro. Pienso”. Ella, como una efigie sonriente en su mecedora de playa, se lo dijo así, de sopetón. Como si pasar las horas en el balcón, frente al mar pero sin hacer nada, no tuviera ningún secreto. Una revelación para un ansioso chico de 20 años, tan preocupado por hacer y sin tiempo para sacarle jugo al tiempo. Era una mujer con toda la vida, la suya y las de los demás, delante de sus ojos.</p>
<p>Sobre la mesa de playa tenía una pila de libros, un suplemento cultural de un diario local, las gafas de vista y unos tebeos del nieto más pequeño. Los libros se los había prestado él, X, su nieto mayor, intrigado por la calma y aparente inactividad de su abuela durante las dos semanas que ya se había comido el verano. En un viaje al pueblo, había inspeccionado durante dos horas los libros de su habitación, pocos a esa edad, para elegir alguno para ella. Tomó, entre otros, ‘El amor en los tiempos del cólera’. Coincidían en esa novela la buena literatura y una historia cercana a su abuela, creía X. Pero ella no necesitaba fantasear con amores tardíos. Sin embargo, su respuesta fue: “Ya no leo casi, me cansa la vista”.</p>
<p>-¿Y en qué piensas? -le preguntó una tarde raramente oscura.<br />
- En mi hijo. -respondió con su típica carcajada entre dientes.<br />
<em>Leer más :: </em><span id="more-15"></span><br />
Le parecía una obviedad que hablaba de su hijo más joven, el tío de su interrogador adolescente. El que estaba más lejos y más cerca. Treinta y pico de años tenía y, por lo que X sabía de él, disfrutaba de su edad. El padre de X, el hijo mayor, disfrutaba a su vez de la suya pero, al parecer, atraía menos preocupaciones.</p>
<p>Y seguía pensando.</p>
<p>Vestido todo de color mostaza, el abuelo, ajeno a la conversación, leía un grueso volumen de historia, la suya, y saboreaba una paloma de anís en la cocina mal iluminada. Mientras, H corría detrás de una pelota de plástico que se le había escapado fuera de banda. En el pasillo de la enorme casa de paredes y puertas estropeadas por el paso de tantos inquilinos y meses de agosto, S y T, como buenas nietas, caminaban arriba y abajo con ropa secada al sol y bolsitas de maquillaje.</p>
<p>La tarde empezó a virar hacia al anochecer, cuando ya la gente salía en busca de horchata en la acera de abajo, libres de la arena de todo el día y frescos con el champú de las vacaciones. X se sentó al lado de su abuela con la intención de averiguar un detalle que le desvelara el secreto. Para matar el silencio, leyó por encima el diario e incluso le comentó a su abuela una noticia intrascendente, que hizo reír a los dos.</p>
<p>Sentado, como su abuelo, a horcajadas en una silla, llevaba unas bermudas y una camisa de colores que acababa de planchar en su cuarto mientras se dirimía entre la posibilidad de buscar a sus amigos en las tascas del barrio o dejar otra noche en blanco. X no estaba en su mejor momento, ese año había sido el más crítico desde que recordaba. Había pasado su segundo curso de universidad echando sal en la herida de su primer amor. Un buen motivo para querer hacer y no hacer, la excusa perfecta para culpar a las tardes raramente oscuras.</p>
<p>Una avioneta sobrevoló la costa frente a su balcón. Hacía su recorrido de vuelta después de haber paseado durante todo el día su banderola promocional por las playas. Fue un instante fugaz, poco llamativo pero tan entretenido como suele ser ver pasar un avión desde tan cerca. Ella miró y él esperó una explicación a su gesto. El vuelo de la avioneta publicitaria parecía haber soltado viento sobre su cara, ese era el gesto. Pero ella tenía el cabello suelto inerte, aunque naturalmente algo despeinado por esos días tranquilos. Se volvió y le confesó a X: “Es como la avioneta que nos trajo desde Orán”.</p>
<p>Con el ruido del motor todavía resonando a lo lejos, añadió divertida: “Casi se le podía ver la cara al piloto, ¿verdad?”</p>
<p>- ¿Te acuerdas de él? -dijo X claramente interesado.<br />
- Es algo que no se olvida así como así. Estábamos deseando llegar. Llevábamos diez años esperando ese viaje -empezó a contar, pausada pero enérgicamente.<br />
- ¿Y cómo era el piloto? -dijo X desviando sin querer la conversación, esperando tal vez una historia sobre un personaje a lo Indiana Jones.<br />
- Para mí, en ese momento, era oro en paño. El viaje no fue del todo bien. Vinimos de noche, con mucho trajín y sacudidas. Pero era un buen piloto. Conducía muy bien el aparato. Luego, el aterrizaje fue como la seda. Pero yo no respiré hasta que llegamos.<br />
- ¿Ibais&#8230;? -indagó X.<br />
- Pues el abuelo, tus tías, tu padre y yo. Cargados de maletas hasta arriba. Era la primera vez que subíamos a un avión y, fíjate luego, toda la familia ha viajado por todas partes.<br />
El telón de la tarde se fue cerrando y ella le contó mil y una historias verdaderas, como cuando intentaba disimular ante las vecinas argelinas el peso de los kilos de jabón que fabricaban en casa y que acarreaba en el fondo del carrito del recién nacido. O las tertulias políticas de su abuelo en la habitación que tenían por vivienda, mientras ella preparaba café para los visitantes y todos fumaban intentando enderezar con palabras lo que había sido torcido en la distancia. O el viaje en el barco que les trasladaría al exilio, las personas que les ayudaron para siempre y la infinidad de trabajos desempeñados para poder sobrevivir.</p>
<p>Ella se levantó, con la noche sobre el mar que les trajo a casa, y preparó la cena en silencio, pensativa. Como siempre en esos días lejanos y cálidos, críticos, vitales y confusos.</p>
<p>Cenaron en la mesa de la cocina una ensalada de pasta y, sobre las once de la noche, ella fue a acostar a H. El abuelo salió al balcón y terminó su vaso de vino con las manos sobre el cinturón, sentado frente a la oscuridad y con la única compañía del ruido de los coches en la calle. Dejó sobre la mesa de playa su tomo de historia, la suya, y ofreció una sonrisa amplia y sincera a su nieto.</p>
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		<title>Preludis</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Mar 2007 20:27:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nuria rita</dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>

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		<description><![CDATA[[ Sara Guasteví ]

Mentre plou pols i es desafinen els pianos a les cases on n&#8217;hi ha. Mentre l&#8217;oli s&#8217;escalfa al foc i els iogurts caduquen a la nevera. Mentre l&#8217;àvia s&#8217;adorm a ritme de pèndol al balancí. Mentre el tren marxa tan lluny com pot però sempre arriba al mateix lloc. Mentre la sola de les sabates es perd lentament per carrers i més carrers. Mentre el te fa un romanç d&#8217;amor als llavis. Mentre la calor s&#8217;insinua al cos i el despulla, però mai del tot. Mentre el ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>[ Sara Guasteví ]<br />
</strong></p>
<p>Mentre plou pols i es desafinen els pianos a les cases on n&#8217;hi ha. Mentre l&#8217;oli s&#8217;escalfa al foc i els iogurts caduquen a la nevera. Mentre l&#8217;àvia s&#8217;adorm a ritme de pèndol al balancí. Mentre el tren marxa tan lluny com pot però sempre arriba al mateix lloc. Mentre la sola de les sabates es perd lentament per carrers i més carrers. Mentre el te fa un romanç d&#8217;amor als llavis. Mentre la calor s&#8217;insinua al cos i el despulla, però mai del tot. Mentre el desig és una ditada de mel i hores. Mentre.</p>
<p>Tot són preludis lliures.</p>
<p><em>Leer más :: </em><span id="more-14"></span><br />
<strong>Persones i coses</strong><br />
<em><br />
Persones </em></p>
<p>La tieta no va saber mai que tardava molt més en acabar la sopa si se la menjava amb forquilla. La senyora Pepis comprava pollastres a l&#8217;ast quan la família dinava a casa seva: &#8220;eh que sóc espavilada&#8230;?&#8221; deia tota orgullosa. &#8220;Li puc fer un dibuix mentre pren cafè?&#8221; deia enmig de mil gargots el fill del pianista del barri. &#8220;Però tu què t&#8217;has pensat?&#8221; escopia amb bocins de poma a la boca la senyora que com més volia aprimar més s&#8217;engreixava. &#8220;Oye, no tendrás un&#8230;?&#8221; que no, que no donem res als desconeguts. &#8220;Pero si a ti te recogimos en la calle, ya no te acuerdas?&#8221;, deia el fakir i malabarista d&#8217;idees brillants.<br />
<em><br />
Coses</em></p>
<p>El pas de zebra fugia corrents cada vegada que algú volia passar-hi per damunt, i així durant unes hores s&#8217;amuntegaven un munt de persones en un cantó del carrer. Aquells mitjons i la samarreta van passar tot l&#8217;abril a l&#8217;estenedor perquè cada dia plovia una miqueta. A la senyora del disc que cantava cançons de fum no li sabia greu ratllar-se durant segons en síl·labes impossibles. Mentre va durar la primavera, les fulles es pujaven als arbres i els jerseis queien a terra. El mariner de la fotografia somreia sempre, com per art de lifting però en bonic.</p>
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		<title>Aunque sea mentira&#8230;</title>
		<link>http://www.revistaiguazu.com/aunque-sea-mentira</link>
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		<pubDate>Fri, 09 Mar 2007 20:26:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nuria rita</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relato]]></category>

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		<description><![CDATA[[ Carol Blenk ]

Aquella profesora era amarilla, supongo que aún te acuerdas de ella. Trabajaba aquí mismo, dos calles más allá, en aquel colegio. Era feliz, bueno, no del todo, a medias sólo, como la gran mayoría de nosotros. Iba y venía de su casa al colegio, del colegio a su casa. Y nunca equivocaba el recorrido, bueno, sí, algunos domingos, que era cuando iba a comer a casa de los padres de su novio. Porque ella era muy formal, nunca faltaba a aquellas comidas. Le aburrían un poquito, sobre ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>[ Carol Blenk ]<br />
</strong><br />
Aquella profesora era amarilla, supongo que aún te acuerdas de ella. Trabajaba aquí mismo, dos calles más allá, en aquel colegio. Era feliz, bueno, no del todo, a medias sólo, como la gran mayoría de nosotros. Iba y venía de su casa al colegio, del colegio a su casa. Y nunca equivocaba el recorrido, bueno, sí, algunos domingos, que era cuando iba a comer a casa de los padres de su novio. Porque ella era muy formal, nunca faltaba a aquellas comidas. Le aburrían un poquito, sobre todo a la hora de los postres, porque siempre ponían tarta de nata, y ella prefería el chocolate. Era tan educada que nunca se quejó. Jamás dejaba una sola cucharada en el plato.<br />
<em>Leer más :: </em><span id="more-13"></span><br />
Pero un día de invierno, un domingo de enero, le sucedió algo extraño. Pasó por debajo del ático de la niña de los discos azules, como tantas otras veces, pero aquel domingo se oía una especie de música. Muy tranquila, muy suave, pero hipnótica. La profesora amarilla sabía que no debía pararse a escuchar aquel tema&#8230; eran casi las dos y la esperaban para comer. Tarta de nata de postre, pensó. Y se quedó muy quieta debajo del balcón de aquel ático. Y escuchó perfectamente&#8230;</p>
<p>Era genial. Se dejó llevar. Se quedó inmóvil, ojos cerrados y el corazón parado. No latía pero lo notaba más vivo que nunca. Cuando terminó la canción, la niña de los discos azules la estaba mirando. Nunca la había visto de cerca. Como mucho, la había encontrado en algún vagón del tren, en el último asiento. No gozaba de buena reputación en la ciudad. No era bien vista, nadie le dirigía la palabra. No recibía cartas y ni siquiera la compañía del agua se atrevía a cobrarle las facturas. Apenas gastaba agua, pero la poca que consumía le salía gratis. Lo mismo con la luz. Nunca llegó a instalar el teléfono, claro, ¡si no hablaba con nadie! Decían que era muda.</p>
<p>Y allí estaba ella, frente a la niña de los discos azules, sin saber qué hacer. No sabía si lo que sentía era miedo o curiosidad. La miró. Y se dio cuenta de que de cerca era realmente guapa. Posiblemente, jamás se había encontrado con alguien tan bello. Y supo que nunca vería nada igual. Nunca.</p>
<p>La profesora amarilla no fue a comer aquel domingo a casa de su novio.</p>
<p>A la mañana siguiente, al ducharse, se dio cuenta de que la piel le estaba cambiando de color. Ya no era amarilla, el color natural, sino que iba adquiriendo un tono azulado. Se asustó, pensó que estaba enferma&#8230; Se tomó la temperatura, se tomó el pulso, la tensión&#8230; Todo estaba bien y la verdad es que se sentía mejor que nunca. Tenía un gusto sutil a chocolate en los labios. Y no recordaba haber comido chocolate. Qué extraño era todo.</p>
<p>Vio que era tardísimo y que debía darse prisa si quería llegar puntual al colegio. Como cada lunes, como cada mañana de su vida. No desayunó porque no le daba tiempo y al coger el abrigo del comedor vio algo que la hizo retroceder antes de irse. Había alguien en el sofá, alguien cubierto por una manta, una figura pequeña y silenciosa. Se acercó y levantó con mucho cuidado la manta&#8230; era la niña de los discos azules. Dormía en calma, tranquila y relajada. Como si llevara mil horas allí.</p>
<p>La profesora, que ya era del todo azul, le dio un beso y salió de casa sin hacer ruido, para no despertarla.</p>
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		<title>arratsa balkoian&#8230;</title>
		<link>http://www.revistaiguazu.com/arratsa-balkoian</link>
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		<pubDate>Fri, 09 Mar 2007 20:26:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>nuria rita</dc:creator>
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		<description><![CDATA[[ Gus Jiménez ]

iritsi berria naiz, lanetik. menestra ta kiwi bat ta esnea gailetekin ta orain idatzi xumea zuri ta ohera. ohea baino lehenago hortzak daude eta hortzak eta gero orain bai ohea. ohean zer dagoen? ohean zu zaude eta mark dago eta ander eta araia ere, batzutan nagore bueltan etortzen da eta edurnek irrifarre egiten dit, eta toki zeharo ezkututik agerian batzutan gaiztakeriak egiten dizkidaten pertsona zitalak ere badaude. ohean herioa dago, herioa eta ni eta bizitzaren norantzak; bide guztiak batzen direneko lekua da ohea, 98ko uda ere egoten ...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>[ Gus Jiménez ]<br />
</strong><br />
iritsi berria naiz, lanetik. menestra ta kiwi bat ta esnea gailetekin ta orain idatzi xumea zuri ta ohera. ohea baino lehenago hortzak daude eta hortzak eta gero orain bai ohea. ohean zer dagoen? ohean zu zaude eta mark dago eta ander eta araia ere, batzutan nagore bueltan etortzen da eta edurnek irrifarre egiten dit, eta toki zeharo ezkututik agerian batzutan gaiztakeriak egiten dizkidaten pertsona zitalak ere badaude. ohean herioa dago, herioa eta ni eta bizitzaren norantzak; bide guztiak batzen direneko lekua da ohea, 98ko uda ere egoten da eta txikitako balkoia, lazkaoko hura: nire ohea balkoi bihurtu nahiko nuke: batzutan bihurtzen da: dutxatik irten berria, 10 urte, amak afaria prestatzen du, zai egon beharko duzue, eta orduan dutxatik aterata eta afaltzeko itxaroten ari naizela balkoira irtetzen naiz; zorua epela dago, piyama motza jantzita daukat, horregatik balkoian esertzen naizenean, hankak luze jarrita, epeltasun goxo leuna sentitzen dut, harri pulituen leuntasun epel goxoa, eta eguzkia olaberria aldeko mendien atzean izkutatzen ari da, ez dut ikusten baino zerua odoletan egoteak eguzkia salatzen du, eta zorua eta piyama eta eguzkia eta dutxa eta lasaitasuna eta bizitza epela eta zoriona,</p>
<p>non da zoriona?</p>
<p>batzutan ohean antzekorik izaten da, baino zaila litzateke ohea gainean dudala kaletik ibiltzea.</p>
]]></content:encoded>
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